A Conversation on Science, Service, and Systems
La vida no sigue una trayectoria lineal, aunque la sociedad a menudo pretenda que sí. Mi recorrido por Karolinska, Harvard, la creación y gestión de organizaciones sin fines de lucro y la defensa de la educación no siguió un guion convencional: se fue desarrollando a medida que respondía a responsabilidades y necesidades reales. Con el tiempo, convertí esas experiencias en un viaje significativo, desarrollando resiliencia, curiosidad, sabiduría práctica y la capacidad de servir genuinamente a los demás.
A menudo consideramos que la educación y la carrera profesional son caminos fijos que conducen a un destino concreto. Pero la realidad se parece más a un viaje en ferry: el tiempo cambia, las corrientes varían y, a veces, el motor se cala. La clave no está en seguir un mapa trazado de antemano, sino en aprender a interpretar las corrientes y adaptarse cuando sea necesario.
Lo que algunos llaman un camino “poco convencional” me ha enseñado que el éxito no es solo un título o un cargo. Es la capacidad de adaptarse, mantener los pies en la tierra y seguir avanzando cuando los planes cambian. Esa perspectiva impregna todo mi trabajo. Ya sea que esté auditando una organización o apoyando a una comunidad escolar, no busco un sistema perfecto, sino uno lo suficientemente flexible como para servir de verdad a las personas para las que fue creado.
It makes it more necessary because I’ve navigated similar unpredictability in my own work and life. Whether I’m auditing an organization or advocating for a child or family, I look for Structural Integrity—what’s really happening, and whether the process matches the intended goal. Systems often fail because they don’t adapt when they should. I apply scientific rigor to spot gaps, troubleshoot, and create solutions that actually work for people. You can’t predict every challenge or twist in life, but you can build a better vessel—one designed to serve everyone on board and fulfill its purpose.
En absoluto. Las cualidades humanas —la amabilidad, la sabiduría y la compasión— son las que realmente marcan la diferencia. Centrarse en las personas significa reconocer que el “pasajero” (un niño, un investigador, un paciente o cualquier persona a quien prestemos servicio) es la razón de ser del sistema: el sistema está destinado a servirles a ellos, y no al revés.
La amabilidad y la compasión no son un extra, sino algo esencial. La sabiduría es más que conocimiento; es saber qué se debe hacer, qué no se debe hacer y cuál es la forma más acertada de actuar. Mi formación científica me proporciona los datos, pero mi experiencia vital me enseña que detrás de cada hoja de cálculo hay una persona real que intenta encontrar su camino. Esta conciencia guía cada decisión que tomo y la forma en que afronto los desafíos.
Al fin y al cabo, la valía de cualquier sistema se mide por lo bien que atiende a las personas para las que fue creado. Centrarse en las personas no es una opción: es la forma más sólida de construir el futuro.
Para mí, el éxito no consiste en llegar a un destino concreto. Se trata de cómo se recorre el camino, sobre todo cuando las cosas no salen según lo planeado. Lo veo como si fuera un navegante: mantener la curiosidad, asumir responsabilidades y asegurarme de que el “Ferry” esté en perfectas condiciones para todos los que van a bordo.
Vivir con sensatez significa valorar la resiliencia por encima de la mera acumulación de conocimientos. La información cambia. Las circunstancias cambian. Los planes cambian. Lo que importa es desarrollar una brújula interna: saber juzgar con sensatez, mantener la calma y responder de manera reflexiva, en lugar de reaccionar impulsivamente.
Para mí, la sabiduría no es algo abstracto. Se manifiesta en las decisiones cotidianas: mantener los pies en la tierra cuando las cosas cambian, pensar con claridad bajo presión y recordar que las personas siempre son más importantes que el sistema.
Para mí, el hilo conductor que une la ciencia médica, el liderazgo en organizaciones sin fines de lucro y la defensa de causas sociales es sencillo: todas ellas son formas de servicio. Vivimos en un mundo interdependiente. En algún momento de la vida, todos necesitaremos apoyo, incluso aquellos que parecen ser los más afortunados.
He visto cómo los sistemas pueden proteger a las personas o fallarles. Poder ayudar y defender sus intereses, sobre todo a quienes no siempre tienen voz, no me parece tanto una elección como una responsabilidad.
Hay una frase del filósofo Shantideva que se me ha quedado grabada: “Toda la felicidad que hay en este mundo surge del deseo de que los demás sean felices”. Para mí, no se trata solo de desearlo, sino de pasar a la acción. El servicio y la defensa de causas son simplemente formas de convertir esa intención en acciones concretas que marcan una diferencia real.
